• Lola

Amores que Sanan. Parte 2

(continuación parte 1...)

Pero un día, apareció El…

Y es que existen amores que sanan, que curan, que salvan, de esos que te enseñan el verdadero significado del amor. De esos que besan cada cicatriz de tu piel porque saben construyeron tu historia.

Recuerdo el día que lo conocí, quedé atrapada con el solo hecho de su presencia. Muchas personas a mí alrededor ya lo habían conocido, pero no habíamos coincidido hasta ese entonces. Solo escuchaba hablar de lo maravilloso que era y cómo ayudaba a todo el que conocía a mejorar su calidad de vida, porque eso le llenaba. Era un ser increíble, de esos que te marcan para siempre, pero en el buen sentido de la palabra.

Empezamos a conversar y no sabía por qué le tenía tanta confianza, El motivaba a que abriera mi corazón y sacara todo lo que había ahí. No había máscaras, no había estrategias para impresionar a nadie. Solo Él y yo.

A medida que pasaba más tiempo con Él era como si partes de mi alma rota empezaban a unirse, era como si bálsamo sanara mis cicatrices… Era increíble, no entendía por qué, pero a Él no le importaba nada de lo que había hecho, solo quería amarme, así, tal cual era. Con mis miedos, mis derrotas, mis manías y limitaciones, con mis sueños y anhelos, Él quería todo de mí, pero no me sentía segura, titubeaba, pensaba, ¿Y si despierto y esto no es real? Estaba empezando a sentirme tan bien que no quería despertar. No quería perderlo.

No todo era color de rosa, en momentos me hacía enojar, porque también me hacía ver aquellas partes en mí que debía mejorar, pero yo no las veía ni las entendía como El, aunque con el tiempo me daba cuenta que tenía razón y me sentía mal conmigo misma, primero porque no veía lo que me mostraba y segundo porque no sabía por dónde empezar para cambiarlas. Sin embargo, Él siempre estuvo ahí, conmigo. Me tuvo paciencia aun en esos momentos que ni yo misma me soportaba. Solo se quedó ahí, amándome, aun a veces en medio del silencio. Aun a veces cuando no creía estuviera cerca, ahí estaba.

Yo no podía entender, como alguien pudiera amar a otra persona así. ¿Qué hice? ¿Qué dije? ¡Por qué me ames así! le reprochaba confundida. El solo me miraba, con esos ojos tan llenos de luz, sonreía con esa sonrisa que sentía no merecías y me abrazaba, con esos abrazos que me hacían sentir que todo estaría bien. Yo lloraba y Él solo decía: Tranquila, saldremos de esta juntos, no te dejaré sola, nunca. Yo te amo.

Es increíble como su amor me sanaba, sanaba mi corazón, mi alma, mi cuerpo, mi mente, MI SER. Parecía tan simple de explicar, pero no era así.

Cada día empezaba a ver la vida diferente. Cada día aprendía algo nuevo junto a Él. Cada día era más difícil imaginar mi vida sin su presencia en ella.

¿Cómo alguien podía meterse tan profundo en tu ser y tú no querer que salga jamás? Estaba completa e irrevocablemente convencida de que le pertenecía.


Él me ayudó a verme de forma diferente. A encontrar belleza en medio de mi rotura, a verme como una vasija restaurada con oro que rellenaba mis cicatrices y las hace hermosas. Me contó que por miles de años, artesanos de oriente cuando se les rompía una vasija la volvían a pegar, pero esta vez con oro líquido, el cual rellena sus grietas y las volvía una obra de arte más hermosa que la anterior. Así me dijo era yo para el. Me decía que mis cicatrices de la vida me habían vuelto una obra de arte más hermosa de lo que era. Hermosura que nacía desde adentro y que ya los otros podían ver. 

Me dijo que aunque el proceso de reparación dolía, solo sacaría la nueva belleza que había en mí, belleza que ni yo conocía.

Ese día decidí creerle por completo, ya no quería dudar más que me amaba y quería que Él supiera que yo lo amaba también… Y así vamos caminando juntos hasta hoy. Juntos de la mano y abrazados. Así camino junto a Él. Junto a mi Jesús. Mi escudo, mi roca, mi castillo fuerte, mi príncipe de paz… Mi amor.


FIN.

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