• Lola

EL POZO AMARGO

Esta es la historia de Raquel y Eduardo, una leyenda de amor no tan de hadas, inspirada en la época en que los judíos sefarditas vivían en España.


La sombra de su jardín secreto, fue testigo de los besos de labio y labio abiertos en flor. Raquel, doncella hija de noble sefardita, si adoras a un cristiano (Eduardo), más vale que silencies tu amor.

Eduardo, hijo de una familia real de nuevos cristianos conservadores, no creyentes del judaísmo, se oponen a su amor por Raquel.

La noche cerrada en los jardines, despista a los guardianes que velan los paseos de Raquel. Tan solo la Luna en su crecida, conoce de sus dichas y el pozo en que le aguardaba a él.

Una noche como cualquier otra mientras aguardaban en el pozo, el padre Américo llegó para bendecir su amor delante de los ojos del señor, como lo habían acordado días atrás a pesar de este saber de la oposición de las familias.

Ellos estaban decididos a que nada ni nadie los separara, y Raquel estaba dispuesta a renunciar a todo aquello que parecía haber sido su verdad, para seguir a Eduardo a donde quiera que el la llevara, conscientes de que esto implicaba que ambos serian desterrados de sus familias, las cuales se oponían a su amor.

Ambas familias creían en Dios, de manera diferente, creyendo que cada uno tenía la verdad absoluta en sus manos.

Rosarios de auroras toledanas bendijeron su suerte y los volvieron descuidados talvez, luceros y estrellas pasajeras perfilaban en el aire su entrega y su determinación.

Los guardias habían encontrado al padre Américo en el camino y lo habían obligado a decirles donde estaba Raquel. El padre asustado, oraba en su corazón para que ya se hubiesen marchado, sin imaginarse como sería el final.

Pese al alba de una noche certera para irse juntos, Eduardo fue atravesado de un abrazo por una daga criminal. La sangre templada de Eduardo destilaba entre las manos de Raquel y anunciaba su destino fatal.

Ella gritaba mientras los guardias de su padre se la llevaban: En su agua calmaré, este amargo dolor, Eduardo sálvame, ya estás aquí mi amor…

Calvario de pena y desconsuelo la arrancaban de su lecho y en delirio iba al pozo a llorar.

Locura de hiel en sus sollozos derramaban en su cauce el mal sabor de su pesar. Se asomaba a la boca profunda, sus ojos le sonreían serenos del perdón de Dios y contaban cristianos de Toledo que aullando con el viento quebrada se escuchaba su voz.

Raquel:- En su agua calmaré, este amargo dolor, Eduardo sálvame, ya estás aquí mi amor.

…En su agua calmaré, este amargo dolor, Eduardo sálvame, ya estás aquí mi amor.


Fin.

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